Situación
A unos 1,5 km al este de Pelayos de la Presa, en una desviación hacia la derecha en el km. 49 de la carretera M-501

Fechas
Capilla mozárabe: siglo XII
Iglesia: h. 1180 - siglo XV
Claustro bajo: fines siglo XIII- XV
Galerías este y sur del claustro: fines siglo XIIIXV
Silleria del coro (trasladada a la catedral de Murcia): 1567-1571
Portada del recinto (desaparecida): 1590
Claustro alto (desaparecido): siglo XVI
Resto de dependencias y fachadas del monasterio: siglo XVI
Bodega subterránea: siglo XVII
Fachada de la iglesia: 2ª mitad XVII Res,. 1988
  Autor/res
Iglesia: S.i
Monasterio S.i.
Sillería del coro (trasladada a la catedral de Murcia): Rafael de León
Res.: Mariano García Benito
Propiedad
Ayuntamiento de Pelayos de la Presa (2004)
Protección
Incoado expediente en 1967
Declarado Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional en 1983.

Las hermosas ruinas de lo que fue el Monasterio de Santa María de Valdeiglesias son, no sólo una lección de la historia de la Arquitectura a lo largo de una serie de actuaciones, desde el siglo XII hasta el XIX, de edificación, ampliación y reconstrucción, sino también un documento único sobre el origen y la crónica de las poblaciones del valle del Alberche: San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa, Navas riel Rey, etc.

El nacimiento del Monasterio se remonta a la epoca, anterior al siglo XII, en la que el territorio se encontraba poblado por monjes mozárabes eremíticos agrupados en doce capillas diseminadas por la zona comprendida entre el cerro de San Esteban, el puente de San Juan, el cerro de La Muca y la actual villa de San Martin de Valdeiglesias.

Fue el monarca Alfonso VII quien, enterado de la existencia de la comunidad de monjes, decide agruparlos en torno a un monasterio único, para lo cual hace donación en 1150, al abad Guillermo, de todo el valle de las iglesias (Valdeiglesias), fundando una congregación que, en este primer momento, se adhiere a la Regla Benedictina.

La ermita escogida, entre las doce existentes, para la constitución y agrupación de la Comunidad religiosa es la de Santa Cruz, seguramente por tratarse de la de mayor capacidad y mejor emplazamiento de todas. Su primitiva construcción mozárabe quedará encuadrada dentro del conjunto monástico y de ella todavía hoy se conserva, como el legado más antiguo del cenobio, una pequeña capilla situada entre el claustro y la iglesia. Se trata, según Tejela Juez (autor de la tesis doctoral "Un Monasterio olvidado: Santa María de Valdeiglesias") de un espacio más bien de reunión o asamblea, a juzgar por el banco perirnetral que recorre sus paramentos, un lugar con cierto carácter sagrado, respetado por ello a lo largo de los siglos, hasta el punto que la voluntad de conservarlo siem­pre aislado pudo dar origen, según el mismo autor, a la anomalía producida por el giro de la iglesia, al tratar de evitar que la pequeña capilla quedara enmarcada dentro del templo.

Se trata de un espacio de planta cuadrada, realizado en mampostería rústica y cubierto con una bóveda octogonal de ladrillo. En sus paramentos se abren unos nichos rematados en arcos de medio punto, también cerámicos, bajo los que discurre el banco perirnetral.

El primitivo conjunto cenobítico, de carácter seguramente muy tosco, realizado con madera, ramas, barro y piedras, fue contemplado por el monarca Alfonso VIII, impulsor en la península de la recién creada Orden del Císter, como un excelente lugar que cumplía los requisitos de emplazamiento para estos monasterios: lugares alejados, sin poblaciones cercanas, preferiblemente valles boscosos, con tierras fértiles y cercanas corrientes de agua.

En 1177, el monarca entrega el conjunto a los monjes cistercienses del Monasterio de La Espina (Valladolid), desde el que se trasladan cinco religiosos. La labor constructiva se inicia, como es habitual, por el espacio considerado el más importante: el templo, para el que se usará la piedra, elemento impuesto por la Regla. Hacia 1180 comienzan los trabajos de construcción, por la cabecera de la Iglesia, en un estilo románico tardío.

Su disposición es la usual en los conjuntos cistercienses: situada al norte del claustro, para no impedir su soleamiento y siguiendo el eje este-oeste. La cabecera (uno de los elementos más destacables del monasterio, todavía en la actualidad) se compone de un ábside central semicircular y dos menores, laterales, circulares al intradós y rectos en el exterior; composición clasificada por Torres Balbás como tipo Thoronet y comparada por Morena Bartolomé con la cabecera de la iglesia de la Sacramenia de Segovia, de influencias francesas.

La Capilla Mayor consta de dos tramos, el primero cubierto con bóveda de cañón apuntada y el segundo con bóveda de cuarto de esfera, ejecutada en un sistema constructivo que anticipa el gótico (por la existencia de incipientes nervaduras) en el que Tejela Juez destac.i a ausencia de trabazón entre los nervio, la plementeria. Se ilumina con 5 hueco. iitos, abocinados, rematados en arco de medio punto, netamente románicos. Los dos absides menores se cubren, a su vez, con un tramo de bóveda de cañón y una pequeña bóveda de horno, carente de nervios. Todo el conjunto de la cabecera está ejecutado en un aparejo de buena sillería, cuidadosamente labrada. Su carácter austero cumple el precepto de la orden cisterciense de sobriedad y falta de decoración, tanto esculpida como pintada, propugnada por San Bernardo.

Sobre la cubrición de la Capilla Mayor (realizada a varias vertientes e independizada de las otras dos menores, de una única inclinación) se levantaba un campanario del que todavía se conservan algunos restos (en 1658 tuvo lugar su hundimiento). Era una pequeña construcción formada por cuatro lados abiertos en arcos apuntados, sostenidos por columnas hexagonales bajas, de sencilla decoración en sus capiteles. En los encuentros de esquina, en los que se repite el motivo de la columnas, se advierte un relleno ejecutado en ladrillo. El remate pudo estar re­suelto, como sostiene Tejela Juez, por una pequeña cubierta a cuatro aguas de pronunciada inclinación.

Debía estar muy avanzada la obra del templo, cuando en 1258 se produce un devastador incendio del que sólo se salva la cabecera. Las trazas de esta iglesia original debían ajustarse, según el autor de la tesis, al esquema de tres riaves (a juzgar por el tamaño del presbiterio) er el que la nave central no sobrepasaría en altura a la Capilla Mayor, como sucedió en la construcción posterior.

La reconstrucción del cuerpo de la Iglesia, tras su destrucción, se inicia, seguramente por razones económicas, con una única nave, en un sistema constructivo que incorpora ya muchos elementos mudéjares. Los huecos laterales si­guen el modelo románico de la cabecera, pero el aparejo es de tipo toledano y el alero se ejecuta con canecillos de ladrillo escalonado. AI norte del crucero se adosa una pequeña capilla mudéjar, de planta circular, que conserva varios huecos realizados en ladrillo y rematados con arcos de herradura: una aspillera, dos ventanas y la llamada Puerta de los Muertos (a través de ella se trasladaban los monjes difuntos camino del cementerio). Con posterioridad, durante la etapa constructiva gótica, esta capilla se cubre con una bóveda de crucería.

Existen también, alejados de la Iglesia, restos románicos y mudéjares (dos arcos de medio punto, correspondientes al Lavatorio, apoyados en pilastras y columna central, con relieves de hojas de acanto en sus capiteles; y huecos de puertas, en la entrada al Locutorio, enmarcadas con alfiz y otros motivos decorativos de ladrillo), restos que podrían haber pertenecido a dependencias.