Siglos XIX y XX

El siglo XIX, que traerá el declive de la co munidad religiosa del monasterio, hasta su su presión y consiguiente ruina arquitectónica, su pone, por el contrario, para la población de Pelayos de la Presa un progresivo impulso de de sarrollo demográfico y urbanístico.
La evolución de la población es de continuo crecimiento en esta centuria, desde los 112 ha bitantes de 1826 hasta los 150 de 1889. Úni camente existe un retroceso a mediados de si glo, contabilizado en 1848 por Madoz: 82 almas; cifra pronto remontada en una trayectoria de nuevo ascendente .
En cuanto al desarrollo urbanístico del nú cleo, la mayor expansión se produce en la pri mera mitad del siglo: las 5 casas que componen la población en 1783, han aumentado hasta 30 en 1847. Dato que indica que las construccio nes más antiguas del casco datan en su mayor parte de este siglo XIX. Prácticamente no que dan restos de las existentes en siglos anteriores, arruinadas en su mayoría en el XVIII.
Entre las 30 edificaciones que componen Pelayos en 1847, se encuentra la escuela de pri meras letras, levantada en el edificio del Ayuntamiento, existente ya en épocas anteriores. La construcción cierra la calle Ancha en la llamada Plaza del Ayuntamiento, eje principal de la población, donde se situaban la fuente y el abrevadero, lugar de reunión y de relación de los habitantes.
Desde esta plaza, el crecimiento de la población se produce en dos direcciones: este, ha cia la calle de San Salvador, y sur, hacia el perí metro formado por la carretera. Se consolida la edificación alrededor de las tres manzanas exis tentes, con la apertura de la Travesía de San Salvador y, más al sur, se colmata sobrepasando la calle de la Carretera. A fines de este siglo XIX, se abandona el antiguo edificio del Ayuntamiento para levantar una nueva Casa Consistorial en el punto medio de la misma calle Ancha. Con ello se interrumpe esta vía y se crea, en la confluen cia con la calle de San Salvador, la nueva Plaza de la Constitución, enmarcada por el nuevo edificio (que también albergará escuelas). Frente a él se levanta el rollo y picota.
Cuando, en 1893, se realiza el plano del nú cleo urbano, la población queda constituida por la agrupación de manzanas irregulares con centro en la plaza de la Constitución. Frente a esta agrupación compacta destacan, por un la do, la Iglesia parroquial, aislada al oeste del núcleo, y la gran finca de los padres dominicos segovianos, más alejada, en dirección al Mediodía.
Las edificaciones, constituidas según Marín Pérez por 36 casas, en su mayoría de una plan ta, de moderna construcción, se distribuyen en las calles Ancha, Salvador, Álamo y Huerto. La trama urbana queda formada por calles cor tas, de trazado irregular y ancho variable, con manzanas pequeñas compuestas por un núme ro reducido de parcelas. El antiguo edificio con sistorial y las escuelas todavía enmarcan la plaza del Ayuntamiento, que pronto perderá su nombre, al trasladar las dependencias munici pales a la nueva construcción.
A lo largo de este siglo, la crisis en el vecino monasterio de Valdeiglesias había ido en au mento. La disminución de su poder económico, tras perder sus antiguas posesiones, y los suce sivos incendios acaecidos condujeron a la ex claustración en 1835-6. Cuando, a mediados de siglo, durante la desamortización de Mendizábal, se saca a subasta, el conjunto ya había sufrido una desmembración por ventas anteriores y no poseía el total de la superficie de que se com ponía en el siglo XVIII. Sobrevino la ruina de sus edificaciones, hasta tal punto que, en 1884, cuando el Estado lo saca a subasta, sólo se man tienen en pie los muros de gran espesor .
La economía y actividad de los habitantes, en el siglo pasado y primera mitad del presen te, sigue basada en la ganadería, esencialmen te lanar, la agricultura cerealista, la producción de vinos y las industrias de harinas, aceite y con servas. Tras la década de 1950, con el impulso demográfico que duplica la población en pocos años, se inicia el auge constructivo, la expansión del núcleo y la llegada, desde 1970, de las vi viendas de segunda residencia junto a la proliferación de las urbanizaciones,
La trama urbana, en las primeras décadas de nuestro siglo, empieza por colmatar el espacio libre entre el núcleo y la iglesia, y entre el mis mo y el antiguo convento de monjes dominicos (ahora en manos privadas). Exceptuando esta úl tima zona, el casco queda bien delimitado, por el norte, con el arroyo de la Presa y, por el sur, con la carretera a San Martín de Valdeiglesias (calle de Marcial Llorente). Las nuevas agrupaciones se distribuyen en manzanas igualmente irregulares y variables, en calles cortas sin es tructura determinada.
Fuera de la población, al nordeste del tér mino, a unos 500 m. del monasterio, se había construido una estación para viajeros de la línea férrea de Madrid a San Martín de Valdeiglesias. La decisión de instaurar la línea se remonta a finales del siglo pasado, aunque fue en 1927 cuando se decidió la conveniencia de aprovechar la existente de Madrid-Almorox para desviar un ramal, desde Villamanta, que diera servicio a Aldea del Fresno, Pelayos de la Presa, San Martín de Valdeiglesias y Rozas de Puerto Real. Se explanaron del terrenos, se tendieron las vías y se levantaron la mayoría de los viaductos y estaciones, entre ellas la de Pelayos, terminada hacia 1935. Se llegó, incluso, a inaugurar el tramo comprendido entre esta población y la vecina San Martín, pero los destrozos ocasionados por la Guerra Civil en la línea obligaron a desistir de la cuantiosa reparación y quedó, desde entonces, abandonada y muerta.
También la Iglesia parroquial sufrió las consecuencias de la contienda y, tras ser incendiada, quedó reducida a escombros. Sólo se mantuvo en pie la espadaña, los muros de las cuatro
fachadas y la pequeña sacristía. No quedaron vestigios de la cubierta ni de las carpinterías de puertas y ventanas. El solado estaba muy deteriorado y los seis pilares interiores de piedra se encontraban calcinados e inaprovechables. En 1944 se redacta un Proyecto de Reconstrucción en el que el autor, Luis Pérez Mínguez, reutiliza el muro norte, la cabecera (reforzada mediante contrafuertes) y la sacristía. Estructura la planta en tres naves en la que una de las laterales, la orientada a Mediodía, se convierte en un atrio exterior dispuesto como un pórtico de tres arcos con bóvedas de arista, desde donde se efectúa el acceso. En 1950 se paralizaron las obras ante la falta de presupuesto y fueron, posteriormente, finalizadas por el arquitecto Rodolfo García-Pablos, quien modificó el proyecto original haciendo los arcos del atrio rebajados y organizando un sistema de contrafuertes que compensan los empujes de los arcos de la estructura de cubierta. La espadaña, por último, se remató elevando ligeramente el cuerpo del campanario y coronándolo con un frontón.
Cerca de esta construcción, en la calle San Martín, se constituye una pequeña colonia, de características y materiales similares, que organiza y consolida el espacio residual del entorno de la Iglesia. Al otro lado de ésta, en la expansión oeste del casco, una década después (hacia los años 60), se construye otra de mayores dimensiones, organizada en dos bloques de dos hileras, cada uno, de viviendas unifamiliares adosadas, con patios al interior y al exterior.
Tras estas primeras construcciones unifamiliares, comienza la proliferación de esta
En estos años se construye, también, el edificio de las escuelas, ocupando el solar del antiguo ayuntamiento, en el inicio de la calle Ancha. Construido en la línea de la arquitectura de Regiones Devastadas, se organiza en un rectángulo en el que dos porches simétricos, con arcos de medio punto, enmarcan una fachada estructurada con grandes huecos que combinan la mampostería concertada con el revestimiento continuo encalado. En la actualidad, el edificio sirve de Centro de Formación.
tipología, especialmente en esta zona del oeste de la Iglesia parroquial, junto a la carretera a San Martín de Valdeiglesias. La inauguración, en 1955, de la Presa de San Juan, con su aliciente turístico, será el detonante del desmedido crecimiento de urbanizaciones y la aparición del fenómeno de la segunda residencia, especialmente acusado desde el año 1973. La mayor extensión de urbanizaciones se sitúa al noroeste de la población, con las denominadas La Solana y el Mirador de Pelayos (este último crecerá hasta casi el cerro de San Esteban). Gran amplitud alcanzan, también, las desarrolladas junto a la carretera: San Blas, Pinos Verdes, Viña y Sampelayo, colmatando la práctica totalidad del valle del término municipal. La urbanización Sampelayo, nacida en los años 70 en las inmediaciones de las ruinas del Monasterio de Santa María, es el resultado de la venta y parcelación de parte de los terrenos monacales. Su cercanía, que ahoga el recinto actual de las ruinas, se constituye en impacto negativo frente a la todavía bella arquitectura del cenobio.
En 1968, el arquitecto José Antonio Corrales proyecta una interesante vivienda unifamiliar (no construida) junto a la presa de San Juan. Se trata de un pequeño refugio con reminiscencias náuticas, de planta marcadamente longitudinal, situado en una ladera de fuerte pendiente. Aprovechando este desnivel, se dispone en la parte semienterrada la zona de servicios (en un cuerpo sobresaliente): cocina, dormitorio de servicio y acceso (a través de un pequeño patio inglés). En el segundo cuerpo principal, de mayor anchura que el primero, se distribuyen, en ambos extremos, la sala de estar y el dormitorio principal (situado en la "proa" de la nave) y, entre ellos, los tres dormitorios con literas y los dos aseos, abiertos a una galería interior y a un porche exterior. Este porche, resultado de la prolongación de la cubierta inclinada única que engloba todo el conjunto, presenta un interesante cerramiento que permite la apertura total, hacia el exterior, desde la galería y la sala: dos hojas de puertas abatibles de eje horizontal superior, una de tablex engrasado y otra de vidrio que, abiertas y fijadas al techo cada una en un sentido, hacen del espacio un continuo, diferenciado únicamente por un pequeño escalón.
El auge de las urbanizaciones trae un crecimiento demográfico continuo a lo largo de la última mitad del siglo y un cambio en las actividades de la población, desviadas hacia el sector de la construcción y los servicios.
Por el contrario, el casco antiguo de la población queda estancado en su desarrollo. La cercanta de las urbanizaciones provoca la existencia de espacios libres residuales que no se consolidan ni se tratan urbanística mente. Las viviendas y construcciones antiguas sufren ampliaciones en altura y trasformaciones negativas que han destruido lo poco que podía pervivir de la tipología tradicional de siglos anteriores.
Las Normas Subsidiarias, revisadas y aprobadas el 23 de Marzo de 1988, procuran, entre otras cosas, proteger y preservar las áreas naturales de alto valor ecológico y paisajístico; promover las actividades agropecuarias mediante la creación de reservas agrícolas; fomentar las instalaciones de la zona de policía del Pantano; reducir el desarrollo de las urbanizaciones en aras de la diversidad y oferta de otras tipologías edificatorias; y ordenar y recuperar el casco antiguo, liberando áreas de aparcamiento y protegiendo los edificios y elementos de interés.

 
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