Siglos XVI, XVII y XVIII

Dos sentencias a la demanda de 1502, resueltas a lo largo del siglo XVI, la primera con fecha 1514 y la segunda de 1563, ampararon a la villa de Pelayos en la propiedad de varios de sus aprovechamientos situados en término de San Martín. Por último, en 1566, se acuerda la amplitud del terreno que disfrutaría la villa: "un cuarto de legua en circuito", agregada a la ciudad de Avila. Una extensión menor que la actual, debido a que la mayor parte de su término estaba ocupado por las propiedades de los monjes bernardos.
En 1577 la población cuenta con 174 vecinos pecheros 27, que en 1591 han aumentado a 191, además de 2 hidalgos, 1 clérigo y 33 religiosos.
En este siglo se pudo levantar el rollo y picota, símbolo del poder abacial, que indica la categoría de villa, en este caso sometida a un régimen eclesiástico. En ella se señalaban las sentencias y se exponían los reos. En la actualidad, la picota, convertida en fuente desde 1918, ha perdido su parte inferior, que pudo contener unas gradas 28. Sobre la base cilíndrica del monumento, un capitel dórico sostiene el remate troncocónico decorado con los relieves de cuatro cabezas zoomórficas, dispuestas a modo de gárgolas. Este elemento simbólico se levanta, desde el siglo XVIII, en la Plaza de la Constitución, consecuencia tal vez de un traslado.
El siglo XVII, parco en todo lo correspondiente a datos de población y número de habitantes de la villa de Pelayos, ofrece el documento más importante de la historia del monasterio: el Tumbo de Valdeiglesias, códice de más de 1.000 páginas, redactado por un monje anónimo a lo largo de ocho años, desde 1640 hasta 1648.
Una de las antiguas ermitas descritas por el Tumbo de Valdeiglesias, la ermita del Salvador, se mantuvo en pie todavía a lo largo del siglo XVII. Había sido antiguamente entregada por el monasterio a los habitantes de Pelayos para su mantenimiento y reparación. Se situaba junto al Arroyo de la Presa y a sus cercanías se había trasladado el pueblo de Pelayos, tras haber estado ubicado junto a la ermita de San Pelayo (al norte de la actual situación, a medio camino entre éste y el cerro de San Esteban). A unos 300 pasos al oeste de la ermita del Salvador se levantó y desarrolló el núcleo de población de Pelayos. En dirección a la ermita se abrió la calle denominada de San Salvador, que, junto con la calle Ancha (paralela a ella, al norte) constituye la primera ordenación origen del núcleo urbano, alrededor del que se situaron las primeras casas.
En 1751 eran pocas las viviendas que constituían el pueblo, concretamente 28 (de las cuales 8 eran inhabitables debido a su ruina), agrupadas de forma lineal, en torno a las dos calles. Al sur de ellas, una tercera (el camino a San Martín de Valdeiglesias) organizaba un conjunto de tres manzanas sensiblemente paralelas y regulares. Enmarcando el lado oeste de la calle Ancha se levantaba la casa que servía de Ayuntamiento y, en sus alrededores, otra edificación albergaba la fragua. Además, tenían taberna pública, tienda de aceite y pescado, tejar y molino harinero. El monasterio poseía en el pueblo una casa con corral y huerto, de dos alturas, con zaguán y bodega, además de dos molinos harineros en la Dehesa de la Enfermería.
Al sur de la población, a unos 300 pasos, los padres dominicos de Santa Cruz de Segovia habían levantado una casa para habitación del religioso que administraba la hacienda que poseía la orden en este mismo lugar.
Los datos demográficos proporcionados por el Marqués de la Ensenada, a mediados de este siglo XVIII, contrastan fuertemente con los referidos a casi dos centurias antes. Las dos centenas de vecinos que poblaban entonces el término se han visto ahora reducidas a 14 vecinos. Causa de esta disminución pudieron ser las epidemias que asolaron la península a fines del siglo XVI y a lo largo del XVII, especialmente las sufridas entre 1597-1602, que afectaron a la zona de nuestra meseta, así como la epidemia de calenturas de 1789, que diezmó la población en el entorno de San Martín de Valdeiglesias.
Se puede unir, además, el hecho de que ahora no se contabiliza la población que reside dentro del espacio cercado del monasterio ni en la zona de su coto redondo. Lo cierto es que la disminución demográfica se prolonga hasta finales del XVIII.
La población, todavía dependiente en estos años cercanos a 1750, en lo que se refiere a su actividad, del monasterio de padres bernardos, se dedica a las tareas agrícolas, ganaderas y de servicio de la comunidad religiosa (ahora aumentada con el Convento de Santa Cruz): 7 labradores y 10 sirvientes de labor trabajan las propiedades, mientras que el propio monasterio y el convento poseen varios criados, 8 pastores, 4 jornaleros y 2 pastores para el ganado de cerda. La villa cuenta, además, con 1 fiel de fechos, 1 sacristán y 1 cirujano (vecino de San Martín).
En esta fecha ya debía existir la Iglesia parroquial, levantada en un pequeño alto al occidente de la población. De su construcción original hoy sólo se conserva la espadaña, de grueso muro de mampostería con dos huecos de medio punto protegidos con barandillas de hierro. El templo constaba de tres naves con seis soportes circulares y pequeño ábside de tres lados no ortogonales. A los pies, la espadaña se escalonaba en tres cuerpos desde el ancho total de las naves hasta el de la central. Al norte se situaba la sacristía y, al mediodía, se efectua ba la entrada a través de un arco ojival. Pequeños huecos abocinados daban luz al interior de la nave, que se cubría con techumbre de madera.
Con la construcción de la iglesia parroquial sobrevino el abandono de la antigua ermita del Salvador, antes muy concurrida con gentes de toda la comarca (quienes acudían allí a ganar el jubileo), hasta llegar a una situación de ruina a fines del siglo XVIII.
También el núcleo de población sufrió du rante estos años los efectos de la ruina en va rias de sus edificaciones, hasta el punto que en 1783, según Jiménez de Gregorio, el número de casas se había reducido a 5 .
En 1788 las respuestas al Cuestionario del Cardenal Lorenzana acompañan el texto con un plano de la comarca (con una larga leyenda), en el que se representa Pelayos al pie del Arroyo del Valle, a poca distancia de su encuentro con el río Alberche, junto al puente de San Juan (tam bién representado). En la ribera del mismo Arroyo se levantan San Martín y el Monasterio (con erro res de situación) y, algo más alejados, Villa del Prado y las fincas de El Quexigal, El Santo y El Rincón. También figuran las villas de Almorox y Cadalso (igualmente mal ubicadas); el Puente de San Martín, cercano a la Ermita de la Nueva, y las casas de labor de la dehesa de Navas del Rey; además de los ríos Tórtolas y Cofío, y el arroyo de Baldezate.

 
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