Desarrollo histórico

Sobre el origen del nombre de la villa, muy diversas teorías son defendidas por los autores que tratan el tema. Unos justifican el nacimiento desde un antropónimo de la Reconquista, otros por el antiguo eremitorio ubicado en las inmediaciones, dedicado a San Pelayo y algunos, incluso, por los primeros habitantes trashumantes, cabreros llamados "pelaires" porque comerciaban con pieles. También factible parece la teoría que contempla la raíz latina "Pagus" (Payo, Pelayo), que significa "el que vive en el pago (campo).", es decir, campesino o labrador, referido a los primeros pobladores de la alquería que constituyó el primer asentamientos.
El apellido "de la Presa", a menudo equivocadamente atribuido a la Presa de San Juan, cercana a la población, tiene su origen en el nombre del Arroyo de la Presa, que atraviesa la villa y el término, y cuya denominación se remonta al siglo XII.

De los orígenes a la Edad Media

Cuenta la tradición que los primeros asentamientos en el término fueron de época visigótica, en forma de agrupaciones monásticas que pudieron convivir durante la dominación árabe, desde el año 714 hasta unos 370 años después. Se nombra al noble visigodo Teodomiro, del siglo VIII, como fundador de estos eremitorios . Es posible que la invasión musulmana respetara estas comunidades; en cualquier caso, si no fue así y desaparecieron durante la dominación árabe, se volvieron a ocupar en la Reconquista.
Eran varios los eremitorios repartidos por todo el valle del Alberche, ocupados por comunidades de monjes mozárabes, quienes se reunían, en determinados días, con el Abad para celebrar oficios. Estas primeras construcciones religiosas serían como celdas-capillas, algo precarias, incluso algunas improvisadas en cuevas.
Dieron origen al nombre del Valle de las Iglesias, del que procede Valdeiglesias.
Tras la toma de Toledo, a fines del siglo XI, se impulsó la repoblación de toda esta zona del Alberche. Fue el rey Alfonso VII quien, más tarde, fomentó y empujó el desarrollo de las comunidades eremíticas. Tuvo noticias de la existencia de un buen número de agrupaciones, doce en concreto, repartidas por todo el valle 11. De ellas, 10 se encontraban dentro de lo que hoy es el término de Pelayos de la Presa; las dos restantes correspondían a territorio de San Martín de Valdeiglesias: la dedicada a los santos Martín y Pablo (en el lugar ocupado hoy por la Iglesia parroquial de esta población) y la de San Esteban (junto al cerro del mismo nombre), cuyos restos se conservaban todavía en el siglo XVII.
De las diez restantes, dos quedaron enmarcadas dentro del monasterio que, más tarde, agrupó a todas ellas: la de Santa María la Antigua o la Mayor y la de Santa Cruz. Distribuidas por distintos puntos del valle, se levantaban las restantes: San Juan Bautista, junto al río Alberche, en las proximidades del puente de San Juan, constaba de iglesia, capilla, altar para celebración de la santa misa y pequeño refectorio; Santa Cecilia, al sur de Pelayos, en las inmediaciones de la Pradera de Navapozas, conservó hasta el siglo XVII parte de una antigua torre denominada "torrecilla"; San Miguel, junto al camino a San Martín, de gran importancia (hasta su hundimiento en 1622) dada la atención de Alfonso VII de instituir en él una cofradía del mismo santo arcángel; San Martín Obispo, al mediodía del monasterio, en la dehesa de San Juan de Pozas (convertida en viñedo desde su desaparición en el siglo XVII), conservó durante mucho tiempo la estatua de San Martín; Santa María Magdalena, junto a Pelayos, en el lugar denominado tejar; el Salvador, próximo también a la villa, entregada antiguamente a la población por el monasterio, para su reparación y mantenimiento; San Andrés y San Bartolomé, en el camino hacia San Martín, sufrió su abandono hacia 1630; por último, la ermita de San Pelayo, levantada a medio camino entre la villa y la dehesa de San Esteban.
Alrededor de esta última ermita de San Pelayo, según refiere la tradición, se levantó la primera población, que más tarde se trasladó al lugar que hoy ocupa la villa. De lo que no queda duda es del origen monástico del pueblo, nacido al amparo de la comunidad religiosa, que cultivó terrenos y fundó granjas y lugares que pronto se convirtieron en aldeas y, más tarde, en villas. Tal es el caso de Pelayos de la Presa, San Martín de Valdeiglesias, Villa del Prado o Villanueva de Tozara, dedicadas a determinados cultivos o explotaciones, que en el caso del primero se centraban en la provisión de lanas y pieles.
La vida eremítica de estos monjes dispersos por el valle finalizó el año 1150, cuando el rey Alfonso VII hizo dotación al abad Guillermo de todo el territorio de Valdeiglesias, impulsando la congregación de todos los religiosos, bajo la orden benedictina, en un nuevo monasterio, levantado en el lugar de la ermita de Santa Cruz, la de mayor capacidad de todas y de mejor emplazamiento. Potenció y favoreció, además, la repoblación de la zona, mediante privilegios y cartas pueblas; concedió beneficios y exenciones tributarias a los pobladores. Se constituyó el señorío abacial de "Santa María la Imperial y Real de Valdeiglesias" y comenzó la construcción del Monasterio.
En 1177, bajo los auspicios del mismo monarca, quien impulsaba por la península el desarrollo de la recién nacida orden del Císter, el monasterio se adscribe a esta regla recibiendo a cinco monjes bernardos procedentes del Monasterio de la Espina (Valladolid en la actualidad), del que Valdeiglesias se constituye en filial.
Comienza el auge de la comunidad cisterciense, que extendió el cultivo y la roturación de los campos del valle, abrió canteras para la construcción de sus edificios, creó granjas y agrupó trabajadores y criados a sus expensas, cumpliendo la característica cisterciense del autoabastecimiento.
Se levantaron molinos en el curso del Arroyo de la Presa y se centró la dedicación, principalmente, en el cultivo del viñedo.
Sucesivos monarcas favorecieron la comunidad religiosa; Alfonso VIII la colmó de privilegios, protegiéndola con mercedes, señoríos y cartas pueblas, Fernando III el Santo otorgó Privilegio de Confirmación de la posesión de todos los términos y tierras de Valdeiglesias en 1256 y solicitó a Ávila, en 1234, la donación de la Villa y Granja de Alarza (Cáceres) al monasterio, donación confirmada posteriormente por Sancho IV mediante Privilegio del año 1287; también Alfonso XI concedió numerosos privilegios hacia 1328.
Se inicia una interminable serie de pleitos entre la comunidad monástica y los pobladores del valle por el dominio y poder sobre los territorios, el primero de los cuales se remonta al año 1205, fecha en la que Alfonso VIII ordena sustanciar el conflicto nombrando como juez al arzobispo de Toledo. A lo largo de los siglos, el enfrentamiento se recrudece hasta el punto de llegar, en alguna ocasión, a las armas.
Mientras tanto, la población agrupada en torno a la ermita de San Pelayo se fue extendiendo y creciendo, repoblada con vecinos de la zona de Valladolid, Avila y la burgalesa Medina de Pomar. La primera actividad de sus moradores, centrada en el comercio de lanas y pieles se vio sustituida por las agrícolas y ganaderas de las granjas surgidas al amparo del monasterio. En ellas residían conversos vigilados por un monje, dedicados a trabajos manuales: zapateros, panaderos, viñadores, albañiles, además de agricultores y ganaderos. Junto a ellos se agrupaban familias de criados (algunos con residencia en el mismo monasterio) encargados de los pastos, las viñas, los bosques, los molinos y las casas en las que la comunidad religiosa ponía en venta sus productos, dentro de lo que constituía el coto redondo del monasterio.
La estructura monacal constaba, además de este coto redondo o terreno que rodeaba el cenobio, de un terreno cercado en el que se situaban los edificios de la comunidad religiosa: el monasterio propiamente dicho. En territorios del coto redondo existían varios viñedos, dos casas, cuatro haciendas, un corral, un olivar, un huerto, ocho molinos (dos en el curso del Arroyo de la Presa y los restantes en el río Alberche, junto al Puente de San Juan) y varias dehesas, dentro de lo que hoy es término de Pelayos de la Presa. Al oeste del coto, junto a la naciente población dE San Martín de Valdeiglesias, se situaban otras propiedades de los monjes cistercienses: un lagar, cinco casas, una bodega, una viña y una dehesa. En el cerro de San Esteban tenían una cantera de piedra, de la que se surtían para la construcción de los edificios. Al sur, junto al cerro de Valdenoches, se levantaban las dos granjas más cercanas al cenobio. El resto de sus posesiones, consistentes en granjas en su mayor parte, adquiridas mediante donaciones, compras, arrendamientos o trueques, se distribuían por distintos puntos de la zona centro de la península, siendo la más alejada la mencionada Granja de Alarza.
A mediados del siglo XIV, la población de la zona se ve diezmada a causa de la peste negra que asoló estos lugares. No hay datos concretos sobre el número de los pobladores que habitaban los alrededores del monasterio en estas fechas, pero debían ser cuantiosos, al menos en la vecina villa de San Martín, a juzgar por los numerosos pleitos interpuestos a los monjes. En 1414 el alcalde de esta villa hizo donación al monasterio de medio lugar de la población. Pero los enfrentamientos, en estos primeros años del siglo XV, se agravaron hasta llegar a las armas, con la entrada en la villa del Abad al mando de 200 jinetes armados. Ante la grave situación, en 1434, bajo el beneplácito de Eugenio IV y por Privilegio de Juan II se realiza la venta de la villa de San Martín, junto con la de Pelayos, a D. Alvaro de Luna. Lejos de solucionar el antiguo pleito, el problema se agravó por el desacuerdo de los monjes con el precio de la venta y tanto ellos como los habitantes de la villa se negaron a reconocer el señorío del Condestable.
Por otra parte, la propia villa de Pelayos fue motivo de pleitos entre San Martín y el monasterio. Según Lorenzana, la comunidad religiosa, al verse desprendida de la autoridad y poder sobre el pueblo de San Martín, decidió nombrar villa de Pelayos a "unas casas cortijos que el convento tenía para sus mozos de labor, carretas y ganados", durante la época de Enrique IV, hacia 1463. Se procedió a nombrar alcalde, por parte del Abad del monasterio, a lo que se opuso la villa de San Martín. Comienza una serie debates por la población de Pelayos, finalizados con la demanda interpuesta por el monasterio, en 1502, ante el Consejo de Segovia.

    1/3